miércoles, 13 de junio de 2012

El faraon

La sucesión de faraones y la historia del propio Egipto vienen indisolublemente unidas y son tan complementarias entre sí que es imposible desconocer una de ellas y ser experto en la otra. Tanto es así que incluso en los periodos más críticos, cuando la anarquía reinaba en muchas zonas del país, siempre había, al menos, un faraón que afirmaba ser el legítimo gobernante de la caótica nación en toda su extensa totalidad…

El faraón egipcio

El sacerdote egipcio Manetón, que vivió en la época de los primeros reyes Ptolomeos hacia el año 300 a. C. recibió la orden real de redactar una historia de Egipto. Y, dado que actualmente se conocen los nombres de más de trescientos monarcas, es lógico que Manetón los agrupase en linajes o dinastías, denominación que los historiadores siguen utilizando como válida. Aunque es una gran desgracia para la historiografía que la obra de Manetón se haya perdido, afortunadamente quedan algunos fragmentos comentados por autores muy posteriores a él, que nos han permitido delimitar las treinta dinastías en las que Manetón dividió la historia de su longevo país. Desde Menes, 3100 a. C., hasta el año 2600 a. C., la monarquía pasó por momentos de debilidad y seguía siendo cuestionada por la nobleza local. Así, no es de extrañar que en la dinastía II los reyes perdieran notablemente el poder y tuvieran que hacer frente a peligrosas revueltas que pusieron en peligro la estabilidad del país. Sería sólo de 2600 a 2200 a. C. cuando se consolida la institución y los reyes pasan a ser monarcas absolutos con derecho divino. Es la época dorada de la monarquía egipcia, conocida como Imperio Antiguo, aunque en realidad la denominación de imperio solo le quepa al imperio nuevo o a lo sumo al Imperio Medio, que acabaría de forma trágica ante la debilidad de los últimos reyes de la dinastía VI, momento en el que una vez más la nobleza y los gobernadores de los nomos tomaron el poder surgiendo principados independientes. Heródoto comenta: «después de la muerte de Nitocris, el país se hunde en un estado de inestabilidad, confusión y caos», iniciándose el denominado primer periodo intermedio de Egipto.
La situación tardaría más de un siglo y medio en restablecerse, y pese a que nuevamente una dinastía de reyes fuertes asumiría el control absoluto del país, la dinastía XII, siguió existiendo el peligro constante de un golpe de Estado. Tanto es así que se sabe de, al menos, un monarca asesinado, Amenemhat I, por unos ambiciosos nobles. La ligera estabilidad del llamado Imperio Medio estallaría de forma similar a la del Imperio Antiguo, por la debilidad de los monarcas y el creciente poder de las clases dirigentes locales, a las que se añadiría la llegada a Egipto de pueblos cananeos, algunos de ellos violentos. La siguiente etapa de calma y prosperidad no llegaría hasta el 1500 a. C., con el Imperio Nuevo, momento en el cual llegaron al poder los faraones mejor conocidos, que impulsaron la creación de un enorme imperio colonial en la Siria-Palestina (Canaán) y Kush (Nubia), entrando en contacto con los otros pueblos del Oriente Próximo. Sin embargo, también estos reyes estuvieron acosados por un peligro que hacía tambalear sus tronos, que en este caso fue el de los sacerdotes de Amón, que habían adquirido mucho poder. El traslado de la capitalidad al Delta acabaría por convertir al Sumo sacerdote de Amón en rey independiente y daría al traste con la monarquía egipcia.
Tras esta situación, Egipto no volvería a convertirse en un gran imperio. Desde la toma del poder de los sacerdotes de Amón hasta la llegada de una dinastía fuerte, la XXVI, pasaron más de cuatrocientos críticos años en los que convivieron dos, tres e incluso más faraones a un mismo tiempo, y el país fue invadido por libios, nubios y asirios. La dinastía XXVI trató de recuperar el esplendor del Imperio Antiguo, pero la inmediata conquista persa desbarataría todo. Tras ello, los invasores aqueménidas, macedonios y lágidas, estos últimos pertenecen a la llamada dinastía Ptolemaica, trataron de adaptarse a las costumbres del país y aceptaron ser deificados en vida. El último faraón egipcio reconocido como tal fue la legendaria reina Cleopatra. El último rey nativo, Nectanebo II había gobernado trescientos años antes, y los faraones ptolemaícos, de origen extranjero, se aislaron en Alejandría y, aunque respetaron las tradiciones ancestrales del pueblo, no tardaron en convertirlos en semi-esclavos. Por ello, no es de extrañar que cuando Egipto pasó a formar parte del Imperio romano, los egipcios no dieran importancia al cambio: los verdaderos faraones habían abandonado a su país mucho tiempo atrás…[1]

El vino y los faraones

Los historiadores concedían hasta hoy el origen de la cerveza al antiguo Egipto y el del vino a la Grecia clásica. Sin embargo, el reciente hallazgo de una ánfora en la tumba de Tutankhamon con restos de vino tinto refuerza el peso de la cultura vitivinícola en las civilizaciones del bajo Nilo. El hallazgo, publicado en la revista de la Sociedad Química Americana, ofrece nuevas pistas sobre el uso ancestral del vino y plantea de nuevo la hipótesis egipcia sobre su origen.
El origen del vino como producto y de la viticultura como práctica agrícola causan todavía cierta polémica entre arqueólogos e historiadores. Aunque existen múltiples referencias al antiguo Egipto que sitúan el inicio de la vitivinicultura como una actividad asociada a las clases más nobles, hay quien se inclina todavía a pensar que ni fue en esta cultura ni en este área geográfica donde el cultivo de la vid empezó a extenderse. Un equipo de investigadores de la Universidad de Barcelona acaba de aportar recientemente nuevos datos que reforzarían la hipótesis egipcia.
El estudio, publicado en la revista Analytical Chemistry, órgano de la Sociedad Química Americana, describe el hallazgo de rastros de vino tinto en una ánfora funeraria perteneciente Tutankhamon. La evidencia, obtenida mediante técnicas de cromatografía líquida y espectrometría de masas, es una de las más palmarias de cuantas corroboran el consumo de este tipo de vinos en el antiguo Egipto.
 
Conflicto histórico
Se sabía que en el antiguo Egipto se cultivaba la vid, y que sus caldos eran privilegio casi exclusivo para nobles y reyes en fiestas, ceremonias religiosas y rituales funerarios. Era conocido también que las mejores cosechas provenían del delta del Nilo y de los oasis más occidentales del país. El aprecio de los egipcios por las cualidades del vino, entre las que se atribuían ciertas «propiedades mágicas», se piensa que obedecía al hecho de que el Nilo toma un color vinoso durante el ciclo anual de las inundaciones.
Desde el Reino Antiguo (2575 aC) hasta el Nuevo (1070 aC), las tumbas de los nobles se decoraban con imágenes ocasionales de viticultura e incluso de elaboración del vino, aspectos que reflejan el culto que sentían las clases altas egipcias por el derivado de la vid. Para más señas, un antiguo proverbio egipcio reza: «En el agua puedes ver reflejada tu cara, pero en el vino siempre aparece tu mejor cualidad».
La investigación revela el uso más antiguo conocido del cultivo de uva destinada a la elaboración de vino tinto en Egipto A pesar de que entre los grandes clásicos se destaca el origen egipcio de los primeros vinos, no hay pruebas fehacientes que lo demuestren rotundamente. De hecho, algunos historiadores sitúan aún el origen del vino al sur del Cáucaso y en la parte más meridional del Mar Caspio, enfatizando que la uva empleada por los egipcios no era Vitis vinifera clásica.
La consideración de los historiadores contrasta con con el análisis de los escritos de la Grecia y la Roma antiguas. Plutarco, sin ir más lejos, afirma en uno de sus textos que fue el mismo Osiris quien probó el vino por primera vez en la historia, y luego enseñó a los mortales las técnicas de su elaboración. Pese a la atribución divina del origen del vino, el texto no deja de ser lo que parece un tributo al Egipto de los grandes faraones. En otros tratados se refiere la existencia de la vid en el antiguo Egipto, pero se relaciona con un uso meramente ornamental en los jardines y huertas. Llama la atención el censo que Ramsés III ordenó de 513 viñedos propiedad del templo de Amón Ra, así como el nombramiento de un «maestro viticultor» encargado de su conservación y mantenimiento. Un dato aún más sofisticado es que a los trabajadores empleados en la construcción de las pirámides de Giza se les permitía apagar su sed con cuatro clases de vino y cinco de cerveza.
Los vinos egipcios
Valioso dato antropológico constituye, sin duda, el jeroglífico común identificado en estas tres palabras: jardín, vino y vid. Lo cierto es que las uvas, tal y como aparece en dibujos funerarios, se cosechaban, se almacenaban, se pisaban con los pies y su zumo era guardado en tinajas (ánforas) hasta la adecuada fermentación.
Un segundo prensado separaba pieles y pepitas y permitía que el vino ya fermentado se conservara en recipientes sellados con barro y con pequeñas aberturas por donde dejar salir el dióxido de carbono. Cuando se consideraba que la «crianza» se había completado (fijada en un máximo de 21 años), las aberturas terminaban sellándose y el vino quedaba totalmente aislado del exterior hasta su consumo.
Otro dato que apoya el origen egipcio del vino es el hecho de que en la antigua Roma se importaban vinos de Egipto, y no precisamente porque los romanos anduvieran escasos en su provisión. Crónicas romanas cantan las alabanzas de los vinos claros y fragantes de Mareotis, Sebennytus (delta del Nilo), Menzalah, Sile y Tanis. Con respecto al tipo de vino consumido por los antiguos egipcios, todo apunta a que los secos era los preferidos. Sólo uno de cada seis vinos «etiquetados» a mano por los maestros encargados tenía inscrita la palabra «dulce».
Los vinos de más de 5 años de crianza acaparaban una tercera parte de los inventarios. Proliferan las descripciones de vinos blancos, pero nunca hasta ahora se había analizado químicamente qué tipo de vino que bebían exactamente los egipcios.
El artículo firmado por los investigadores españoles en Analytical Chemistry, ha dado por fin con rastros de vino tinto en una ánfora funeraria perteneciente a Tutankhamon.

lunes, 11 de junio de 2012

Convenciones artisticas del Antiguo Egipto

El mundo egipcio se desarrolla a lo largo de un periodo de tiempo muy extenso. Según Platón el arte egipcio no había cambiado en 10.000 años. Tal vez lo calificaríamos mejor diciendo que fue resistente y continuado, aun cuando a primera vista todo aquel arte entre 3000 y 500 a.C. tiende a mostrar un indudable parecido. El modelo básico de las convenciones artísticas, se formó a lo largo de los primeros siglos de aquel vasto período, y continuó reafirmándose hasta el final. No obstante sufrió crisis, que de haber sido tan inflexible como se suele suponer, le habría hecho sucumbir mucho antes de cuando finalmente lo hizo. El arte egipcio parece ser una alternancia entre el conservadurismo y la innovación, pero nunca permanece estático. Alguna de sus producciones tuvieron influencia decisiva sobre el arte griego y el romano.

Un funeral real en el Reino de egipto

Egipto tenía una religión mágica con una parte esotérica para el pueblo y otra esotérica para el faraón, sacerdotes y altos dignatarios, esta diferenciación es muy clara en el Reino Antiguo. La religiosidad del pueblo consistía en servir a su faraón con una devoción absoluta puesto que significaba servir a la divinidad. Los rituales de muerte también eran muy diferentes entre una clase y otra. En esta época, el faraón estaba identificado con Horus, el dios vivo y cuando moría con Osiris, el dios muerto.
Cuando el faraón moría se procedía a su momificación. Este complejo ritual mágico no sólo se realizaba para preservar el cuerpo, porque con haberlo enterrado en la arena, ya se hubiera momificado de forma natural, sino que se llevaban a cabo toda una serie de ritos mágicos para ayudar al difunto en su viaje a la otra vida. Además cuando empezaron a complicar el ritual del enterramiento, se dieron cuenta de que los cuerpos momificados naturalmente se corrompían dentro de los sarcófagos y en las cuevas o cámaras funerarias.
La momificación: El faraón era asistido por los sacerdotes y los momificadores con la ayuda de Anubis, el dios momificador en el Templo Bajo. Su cuerpo se lavaba ritualmente y mediante técnicas se extraían todas las vísceras por los orificios del cuerpo, que una vez limpias y tratadas eran colocadas en cuatro vasos canópicos que en este período tenían tapas planas y en el Reino Nuevo representaban a los 4 Hijos de Horus: Duamutef (cabeza de chacal), Quebsenuf (cabeza de pájaro), Hapi (cabeza de mono) y Amset (cabeza humana).
El cuerpo se vendaba de forma ritual también y entre las vendas se colocaban trozos de cerámica o metales escritos con hechizos y conjuros que lo ayudaran a resucitar y lo guiaran en la otra vida. El corazón se sustituía por una piedra sagrada o preciosa y los brazos todavía no habían definido totalmente la posición, a veces se colocaban con las palmas abiertas sobre los hombros y sería más tarde cuando los cruzaron sobre el pecho y le colocaban los atributos reales.
Literatura Funeraria: Eran los trozos de hechizos que colocaban entre las vendas. Primero se llamaron “Textos de las Pirámides”, luego, “Textos de los Sarcófagos” y llegaron a conformar el tardío “Libro de los Muertos” y que en el Imperio Nuevo, ya estaba disponible para todo aquel que pudiera permitírselo. Se sabe que el faraón Unis de la dinastía V utilizó una colección de hechizos ‘Textos de las Pirámides’ y por primera vez los hizo grabar en una tumba. En este grabado de Unis se explican pasajes de la teoría de la creación, las luchas entre Horus y Seth y, fundamentalmente, fórmulas para permitir al faraón la ascensión, resurrección e identificación del faraón con los dioses. También se hablaba de que el faraón pudiera transformarse en Aj, el espíritu transfigurado e imperecedero y el faraón quedaba formando parte del orden cósmico. Estos primeros textos del Reino Antiguo además de hablarnos de mitos solares contemporáneos a los faraones enterrados, también nos hablan de una religión mucho más antigua  relacionada con la mitología estelar.
Procesión funeraria: Después de acabado el ritual de momificación, se hacía un cortejo funerario que acompañaría al faraón hasta su última morada. Salían del Templo Bajo donde se había realizado todo el proceso y acudían al Templo funerario o Templo Alto que estaba cercano a la pirámide. Todo el cortejo ascendía por la rampa hasta el templo. En esta larga procesión se llevaban alimentos, perfumes y flores y se entonaban letanías para favorecer la resurrección. También había plañideras que acompañaban el cortejo y lloraban, no como se despide a un muerto sino como cuando se despide a alguien que emprende un largo viaje y que no vamos a ver más. A veces el traslado se realizaba en barca.
Parte de los alimentos eran consumidos por los que participaban en el cortejo y parte de ellos se depositarían en la tumba. Al templo funerario del faraón, sólo tenía acceso su familia y sacerdotes. El pueblo rara vez tenía acceso al faraón pero lo amaba y respetaba como a su dios.
Ya en la tumba, el sacerdote realizaba el “Ritual de la Apertura de la Boca” para que el difunto pudiera hablar y respirar en la otra vida. Un sacerdote tocaba la boca, ojos, oídos y nariz con una herramienta especial y se quemaba incienso.
El sarcófago es la caja donde se deposita la momia. En el Imperio Antiguo se cambia la posición de enterramiento anterior en posición contracta por la posición estirada y sólo había dos cajas, luego serían tres, una dentro de otra como las matriuskas rusas. La externa representa la casa del faraón, su microcosmos donde él va a revivir y podía tener tallada la piedra como su propio palacio. La interna en ocasiones tenía la representación de la diosa Nut, el cielo estrellado que nos acerca todavía a esos mitos ancestrales cosmogónicos donde el faraón se convertiría en la estrella más esplendorosa del firmamento. Estas representaciones fueron evolucionando en períodos posteriores a Maat, que es símbolo de la Verdad, la Justicia y la Armonía cósmica; y como diosa, es la hija de Ra y se han encontrado numerosas representaciones en el interior del sarcófago, debajo del muerto y por tanto sólo para que las viera o las utilizara él. A veces parecen instrucciones o mapas para el camino. Los sarcófagos todavía no eran antropomorfos.
Las ofrendas eran colocadas en la tumba para que el muerto las utilizara o se alimentara del Ka de las mismas, de su doble, alimentos, perfumes, coronas de flores o pequeñas estatuillas dejadas allí como especie de exvotos para pedir el favor real para alguien.
El ajuar eran una serie de objetos que eran depositados en la tumba para uso del faraón, a través del Ka de cada uno de ellos, eran objetos necesarios para que pudiera vestirse, alimentarse y desplazarse y según su riqueza nos dan un reflejo del poder que tenía el faraón en cuestión. En este período  las máscaras funerarias todavía no son utilizadas pero a veces los artesanos pintaban las vendas con los rasgos del difunto. También se colocaba una figura con los rasgos del difunto que representaba su doble, el Ka del muerto y esto se hacía por si el cuerpo sufría algún daño, que el Ka pudiera reconocerse en la estatua. Por eso se colocaba en algún lugar de la tumba cerca del sarcófago para que el muerto pudiera verla. También podían ser cartuchos con el nombre del fallecido.
Los grabados, escritos, imágenes y estatuas de la tumba del faraón, como tal dios que era, seguían los arquetipos de la vida del dios. Nunca se narraba la biografía de un faraón en su tumba pues el faraón era el dios. Se lo representaba como un dios, con el disco solar, como el halcón Horus y siempre eran representaciones que pudieran ayudar al muerto en su resurrección.
Los templos funerarios: En el Reino Antiguo, los templos funerarios eran construcciones sencillas realizadas con elementos vegetales, luego fueron de adobe y más tarde pequeños templos pero aún totalmente alejados de la magnificencia y poder que fueron adquiriendo en épocas posteriores.
Las pirámides: En el Reino Antiguo se empezó realizando los enterramientos en mastabas, pirámides escalonadas pero con la dinastía III se pasó a la construcción de pirámides, símbolo perfecto muy relacionado con el culto solar que iba extendiéndose. A partir de entonces este período  se caracteriza por la monumentalidad de sus pirámides que se iban haciendo cada vez mayores hasta llegar a su plenitud con Keops, Kefrén y Micerinos, luego este tipo de construcción empezó a decaer y a medida que el tamaño de la pirámide decrecía, crecía el del templo solar mandado construir por el faraón.
La pirámide formaba parte del complejo funerario. Un complejo funerario constaba de una pirámide, el templo funerario o templo alto, la rampa y el templo bajo o templo del valle donde se realizaba la purificación y la momificación.
El pueblo participaba en la construcción de la pirámide del faraón y así servía a la divinidad. Este trabajo en común era una forma de aglutinar al pueblo y de procurarles la salvación, así todo faraón estaba obligado a realizar una gran obra en su vida para asegurar la salvación de su pueblo.
Los faraones enterrados quedaban totalmente integrados con la divinidad y eran reverenciados como dioses, tenían relación con los vivos y éstos les dejaban sus escritos, peticiones, ofrendas, les consultaban sus problemas, pero no sólo lo hacían sus parientes sino cualquiera que sintiera devoción por él.
Egipto nos legó una religión mistérica de la que hemos perdido muchas claves de interpretación pero que después de miles de años, nos sigue fascinando y nos habla de una constitución mágica del hombre.

Paseando por la historia

Siempre se ha sabido que los faraones y reinas del antiguo Egipto practicaban el incesto, el adulterio y las demostraciones públicas de sexualidad, pero se han descubierto evidencias que demuestran que la sexualidad era indispensable para toda la sociedad. Fue una tierra mágica y sensual en la que el sexo era el origen de todo, incluso del propio universo.

El faraón Ramsés II fue el más importante de los faraones, y su apetito sexual estaba a la altura de su condición. Se casó con infinidad de princesas que llegaron de tierras lejanas. Se casó también con su hermana y tres de sus propias hijas. En el momento de su muerte, a la edad de 91 años, Ramsés II aseguraba haber tenido más de 20 reinas y multitud de concubinas. En los textos antiguos se recoge que fue padre de más de 100 hijos. Una de las tareas fundamentales del faraón era garantizar que los dioses trajeran fertilidad a la tierra y al Nilo; durante una ceremonia anual se masturbaba en el agua. La fertilidad del faraón estaba estrechamente ligada con el éxito de la cosecha.

Pero la vida de la gente corriente era mucho más sencilla. Su día a día era una lucha constante por la supervivencia. Las excavaciones arqueológicas han demostrado que en la decoración de casi todas las casas había una cantidad importante de imaginería erótica.

El adulterio era algo común. El matrimonio era frecuente, pero los documentos antiguos dan fe de que el divorcio también lo era, aunque no había ceremonias matrimoniales ni códigos civiles, simplemente los egipcios vivían con su pareja.

Documentos encontrados en las excavaciones de Deir-el- Medina revelan que existían mujeres, sirvientas o esclavas, las cuales eran llevadas por algunos hombres a casa cuando sus mujeres estaban embarazadas, para de esta forma tener más hijos que incorporaban a la familia.

Los egipcios no se preocupaban por la virginidad ni por el hecho de que los hijos fuesen legítimos o no. Lo único que importaba era la fertilidad y la capacidad de procrear. Para los antiguos egipcios el sexo era tan propio de la condición humana que no merecía grandes discusiones, era simplemente un aspecto más del día a día.

El faraon Egipcio

El sacerdote egipcio Manetón, que vivió en la época de los primeros reyes Ptolomeos hacia el año 300 a. C. recibió la orden real de redactar una historia de Egipto. Y, dado que actualmente se conocen los nombres de más de trescientos monarcas, es lógico que Manetón los agrupase en linajes o dinastías, denominación que los historiadores siguen utilizando como válida. Aunque es una gran desgracia para la historiografía que la obra de Manetón se haya perdido, afortunadamente quedan algunos fragmentos comentados por autores muy posteriores a él, que nos han permitido delimitar las treinta dinastías en las que Manetón dividió la historia de su longevo país. Desde Menes, 3100 a. C., hasta el año 2600 a. C., la monarquía pasó por momentos de debilidad y seguía siendo cuestionada por la nobleza local. Así, no es de extrañar que en la dinastía II los reyes perdieran notablemente el poder y tuvieran que hacer frente a peligrosas revueltas que pusieron en peligro la estabilidad del país. Sería sólo de 2600 a 2200 a. C. cuando se consolida la institución y los reyes pasan a ser monarcas absolutos con derecho divino. Es la época dorada de la monarquía egipcia, conocida como Imperio Antiguo, aunque en realidad la denominación de imperio solo le quepa al imperio nuevo o a lo sumo al Imperio Medio, que acabaría de forma trágica ante la debilidad de los últimos reyes de la dinastía VI, momento en el que una vez más la nobleza y los gobernadores de los nomos tomaron el poder surgiendo principados independientes. Heródoto comenta: «después de la muerte de Nitocris, el país se hunde en un estado de inestabilidad, confusión y caos», iniciándose el denominado primer periodo intermedio de Egipto.
La situación tardaría más de un siglo y medio en restablecerse, y pese a que nuevamente una dinastía de reyes fuertes asumiría el control absoluto del país, la dinastía XII, siguió existiendo el peligro constante de un golpe de Estado. Tanto es así que se sabe de, al menos, un monarca asesinado, Amenemhat I, por unos ambiciosos nobles. La ligera estabilidad del llamado Imperio Medio estallaría de forma similar a la del Imperio Antiguo, por la debilidad de los monarcas y el creciente poder de las clases dirigentes locales, a las que se añadiría la llegada a Egipto de pueblos cananeos, algunos de ellos violentos. La siguiente etapa de calma y prosperidad no llegaría hasta el 1500 a. C., con el Imperio Nuevo, momento en el cual llegaron al poder los faraones mejor conocidos, que impulsaron la creación de un enorme imperio colonial en la Siria-Palestina (Canaán) y Kush (Nubia), entrando en contacto con los otros pueblos del Oriente Próximo. Sin embargo, también estos reyes estuvieron acosados por un peligro que hacía tambalear sus tronos, que en este caso fue el de los sacerdotes de Amón, que habían adquirido mucho poder. El traslado de la capitalidad al Delta acabaría por convertir al Sumo sacerdote de Amón en rey independiente y daría al traste con la monarquía egipcia.

viernes, 8 de junio de 2012

El tarot del amor

Desde hace cerca de 2 milenios, los hombres de ciencia se han dedicado a la búsqueda de los santuarios donde fueron enterrados los hombres más famosos del antiguo Egipto, los faraones. Infinidad de leyendas existen alrededor de estos soberanos que estuvieron rodeados de los magos más grandes que existieron en la antigüedad.
Moisés no escapa a estos conocimientos mágicos, ya que por el hecho de haber sido un príncipe fue educado a la usanza egipcia, además del conocimiento académico de la época, recibió la sabiduría mágica que se respiraba en templos como el de la gran pirámide de Keops y Tebas, entre otras escuelas.
Los egipcios creyeron que después de muertos continuarían un viaje en la región del más allá donde serían preparados para la siguiente reencarnación. Y en el caso de los faraones, por ser hijos del dios supremo, tendrían que cuidar su cuerpo para que volvieran a manifestarse en el mundo de los vivos.
Los sacerdotes a su servicio, conocedores de esas artes divinas se encargaban de preparar ese cuerpo para la inmortalidad. Mediante rituales secretos ungían esa materia que acababa de dejar el faraón y se encargaban de depositarla en un lugar debidamente preparado, libre de las manos de los vivos para que no entorpecieran el sueño del soberano y pudiera ser preparado en los planos siderales para su próxima reencarnación.
Algunos de estos sitios han sido descubiertos por los antropólogos, siendo el más famoso el del faraón Tutankamón, en 1923, por el arqueólogo inglés Howard Carter. La fama consistió en que toda persona involucrada en el hallazgo sufrió una muerte en extrañas circunstancias, siendo la única de forma natural la del propio Carter.
Curiosamente, esta tumba es la única que en su interior poseía una gama de riqueza tanto arqueológica como monetaria, más no las de otros faraones y sus familiares cercanos. Esto ha dado cabida a que un grupo selecto de investigadores piensen que los faraones, de una manera astuta, pensaron en el lugar donde reposarían eternamente y para ello, en vida, encomendaron a sus sacerdotes el lugar donde se construirían 2 moradas, una ficticia y la otra, inaccesible para sus enemigos y ahí debían depositar en su momento sus restos mortales.

El único sepulcro encontrado con todo tipo de riqueza fue el del faraón Tutankamón. La explicación que a esto se da es que este soberano prácticamente no tenía enemigos y por eso no mandó a construir 2 moradas sepulcrales. Cuando asumió el mando de Egipto apenas contaba con 9 años de edad. Fue hijo de Amenhotep III y hermano de Akhenatón, quien en vida se ganó muchas enemistades.
El joven faraón murió a la edad de 17 años y no había reinado mucho como para hacerse de una gama de contrarios. Tanto su progenitor como su hermano mayor murieron misteriosamente, haciendo suponer que fueron asesinados. Su tío Aya fue quien en realidad reinaba.
A los 17 años de edad, Tutankamón contrajo nupcias con la hija de la reina Nefertiti y fue cuando comenzó a mostrar interés por tomar las riendas de Egipto. 2 años después moría también de una manera misteriosa haciendo suponer que fue asesinado por su tío Aya, quien asumió el mando oficialmente después de su muerte.
Pero en el caso de Ramsés III, faraón guerrero, quien dirigió sangrientas luchas contra sus acérrimos enemigos, Libia y Siria, es obvio que se ganó muchas enemistades. Fue un faraón constructor que entre otras obras mandó a edificar el templo de Amón, en Tebas.
Su tumba, descubierta en 1995 pareció darle la razón a quienes piensan en la doble tumba de los faraones edificadas en la antigüedad. En este caso el sepulcro estaba formado por varias cámaras y ubicado bajo una pirámide; sólo que estaba vacío.
También la momia de Ramsés II, descubierta en 1881, fue encontrada en su morada con muy pocos objetos de valor. Las vasijas halladas no eran de metales preciosos.
Otro caso fue el del faraón Akhenaton, quien provocó la ira de la mayoría de los egipcios incluyendo a los sacerdotes ya que trató de eliminar la adoración de los diferentes dioses al imponer el culto a Aton, un dios único y sin forma. Antes de morir dio instrucciones a sus más fieles seguidores para la construcción de su sepulcro temiendo que sus enemigos lo primero que harían era descuartizar su momia. Al ser encontrada su sepultura también carecía de valiosos objetos ornamentales. Su momia se exhibe actualmente en el Museo de El Cairo y es una de las mejor conservadas.

En la antigüedad, los saqueadores de tumbas conocían sobre la existencia de estas 2 tumbas, la ficticia y la real. Días después de la muerte del faraón, los sacerdotes llevaban la momia a la sepultura real donde gozaba de todas las riquezas que el mandatario tuvo en vida.
Los saqueadores de tumbas reales se dedicaban a la búsqueda de esta última, por eso, los arqueólogos encuentran a las momias con poco o nada de objetos de valor. Los ladrones se les adelantan descubriendo y saqueando los nichos reales. En el caso de Tutankamón, podría decirse que es un caso único por no haber gozado de enemigos, además era su tío Aya quien reinaba y no tuvo tiempo ni pensó en mandar a construir ese doble sepulcro para despistar a sus contrarios.