viernes, 22 de junio de 2012

La corte de un faraon

Rekhmire, funcionario en tiempos de Tutmosis III y Amenhotep II —reyes de la dinastía XVIII—, se describía a sí mismo: “Yo era noble, el segundo tras el rey [...] ocupaba la primera posición en el consejo privado, me elogiaban en todo momento”.». Rekhmire, dado el poder que llegó a concentrar en sus cargos —el religioso del Alto Egipto con el administrativo del Bajo Egipto, Visir del Sur y Visir de la Residencia— representa lo que actualmente llamamos el «poder ejecutivo» de la nobleza del antiguo Egipto, es decir, la elite burocrática que gestionaba los asuntos del país en nombre del soberano. Todos los personajes que se aglutinaban al lado del faraón se consideraban muy afortunados de estar en presencia del «Dios», de la representación terrestre de la divinidad. Con la llegada del Imperio Nuevo (1552-1069 a.C.) el requisito indispensable para alcanzar este grado era, no tanto ser familiar del rey, sino ser un personaje de confianza, permitiendo de este modo una cierta permeabilidad jerárquica. El cargo más deseado fue el de visir, título documentado desde el III milenio a.C. A él se encomendaban las funciones más importantes: era el representante directo del gobierno en lo administrativo y lo religioso además de encargarse de los asuntos de palacio. Aunque en el transcurso del tiempo sufrió algunas modificaciones, inicialmente en su mano estaban las tareas de la elección del emplazamiento de la tumba real, supervisar el banquete funerario y el acompañamiento musical, además de la gestión de las granjas, los talleres, la mano de obra y largo etcétera. Las mujeres tampoco quedaban excluidas del ascenso social: las nodrizas reales o las esposas secundarias del soberano —incluidos los clanes familiares— se agrupaban cerca de la reina cuando precisaba de mujeres de prestigio en las ceremonias religiosas: las cantantes, músicas o bailarinas encargadas de «tocar música y llevar el ritmo» se asociaban y recogían en el jeneret. En este lugar podían vivir las esposassecundarias, las favoritas o las concubinas del rey. Se trataba de un complejo centro administrativo y de producción de estructura propia y en el que convivían las mujeres bajo la dirección de la reina o de una Gran Supervisora, que actuaba en su nombre. El jeneret contaba con sus propios administradores y un numeroso personal de servicio: escribas, guardianes, etc. Por lo que refiere a los varones, entre la nobleza egipcia ligada al clero hubo multitud de ellos que compaginaban sus ocupaciones religiosas con cargos militares o administrativos. Muestra de la importancia social y la potencia económica de los nobles egipcios fueron sus bellísimas tumbas y viviendas.

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