jueves, 19 de julio de 2012

Sexo de los faraones

Incesto, dominación y otras prácticas marcaron la depravada vida del Antiguo Egipto.
Un análisis de las momias de la XVIII dinastía arroja resultados inquietantes. Amenofis III, el abuelo de Tutankamón, no solo se excitaba al recibir azotes de la `señorita Látigo´, su `dominatrix´ según los textos antiguos. El faraón no dudó, además, en casarse con su nieta para intentar salvar un linaje al que ya tres generaciones habían degenerado con sus relaciones incestuosas. ¿Pudo Egipto caer por la pervertida vida sexual de sus reyes?
La sombra de una sospecha general sobre el hasta ahora resplandeciente reino de las pirámides se confirma: la depravación sexual y la degeneración. Aquellos monarcas que se hacían adorar como «aniquiladores» y «pilares del mundo», que ordenaban la construcción de monumentales edificios de piedra y dormían en camas de oro, eran posiblemente víctimas de perversas costumbres sexuales.
El mito central de Isis y Osiris gira en torno al incesto. Esta pareja de hermanos, según la mitología, reinaba, feliz, sobre Egipto. Pero Osiris fue asesinado y arrojado al río descuartizado. Isis reunió los trozos de su cuerpo, los recompuso y pudo así mantener una última relación sexual con su hermano, fruto de la cual nació Horus. Cualquiera conocía en el antiguo Egipto esta historia, de gran importancia política, pues al faraón se lo consideraba la encarnación del divino Horus. Solo él era el soberano y el garante de la fertilidad del país.
Numerosos especialistas se resisten a aceptar que el comportamiento privado de los monarcas se pareciese al de la mitología, pero lo cierto es que los nuevos hallazgos no hacen más que confirmarlo. Albert Zink, director del Ötzi Institut en Bolzano, Italia, y el biólogo molecular Carsten Pusch pertenecen al pequeño círculo de los elegidos para estudiar el material genético de los faraones del antiguo Egipto. Y desde 2007 llevan adentrándose en sepulcros pútridos y extrayendo la médula ósea de los muertos… con las que realizan un test de paternidad de los viejos reyes. Hasta hoy se han investigado 16 momias. Un primer informe se publicó en el Journal of the American Medical Association y asombró a todos. Los investigadores elaboraron un árbol genealógico de cinco generaciones (ver gráfico), identificaron a las compañeras íntimas de los faraones y hallaron patógenos de la malaria y también indicios de asesinato.
Pero lo que más sorprendió fue la vida sentimental de Akenatón (faraón entre 1353 y 1336 antes de Cristo), cuyos restos, conservados sin nombre, en el Valle de los Reyes, junto a Luxor, han estudiado con rayos X. Los expertos tienen ya hasta el equivalente genético de las huellas dactilares de este líder religioso, que creía que solo había un dios, Atón, y prohibió los demás, inventando así el monoteísmo.
De akenatón solo se sabía que se había casado con Nefertiti, su prima, con la que tuvo seis niñas. Pero los expertos en ADN descubrieron también que el rey deseaba a otra dama, de la que hacia 1340 antes de Cristo `disfrutó´ en la Ciudad de Atón. Se trataba de su propia hermana.Nueve meses después nació un bebé: Tutankamón, el famoso rey niño, cuya lujosa tumba resistió casi intacta durante milenios.
El estudio comparativo genético lo demuestra de forma inequívoca y confirma uno de los mayores tabúes del mundo antiguo: la familia real de la XVIII dinastía practicaba con absoluta normalidad, generación tras generación, el incesto.
Y durante unos 250 años conformó un círculo sanguíneo cada vez más estrecho, hasta estrangularse. Ya no eran primos con primas, o hermanos con hermanas. Al final de la dinastía, según figura en los jeroglíficos descifrados, se unían padres con hijas y, en un caso, un abuelo con su nieta. Ese fue Amenofis III –padre de Akenatón y abuelo de Tutankamón–, al que le encantaba la versión antigua del lap-dance, el striptease que la mujer realiza sobre el regazo del hombre, y que recurría a su vez a los servicios de una dominatrix para excitarse. Los textos de la época se refieren a ella como la «señorita Látigo». Desde un punto de vista dinástico, estas costumbres no tenían consecuencias entonces. Varios faraones llegaron a engendrar cientos de hijos. Pero príncipe real solo podía ser el primer hijo de la `gran esposa real´, que era casi siempre la hermana del faraón. Literalmente.

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