lunes, 14 de enero de 2013

Tratamiento de la muerte en Egipto


Los antiguos egipcios creían en una vida después de la muerte, de modo que ésta no era considera sino como una etapa más en la vida de una persona. La muerte era muy importante en la creencia del egipcio, de modo que estos se preparaban para recibirla cuando llegara. Las grandes tumbas, la riqueza de su decoración, los valiosos bienes que podían almacenar indican que la muerte era también muy cara. Pero no sólo los faraones invertían grandes sumas en su tumba y los enseres con los que quería ser enterrado. El egipcio común también invertía mucho tiempo y rqueza en su propia tumba, en relación a lo que pudiera ganar.


Los egipcios debieron observar que en el ambiente desértico, la sequedad del suelo y del aire facilita la momificación natural de los cuerpos  Sólo a un cuerpo bien conservado podría volver su ka. Un cuerpo destruido no sería reconocido por el ka e imposibilitaría la vida en el más allá. El miedo a esta segunda muerte representó para los egipcios un enfrentamiento con la muerte y la inmortalidad, lo que les obligó a realizar esfuerzos inimaginables para nosotros. Según las creencias egipcias, el hombre se componía de seis elementos distintos. Tres de ellos relacionados con la materia: el cuerpo (khet), el nombre (ren) y la sombra (shut); y otros tres relacionados con lo supraterrenal, fuerzas fundamentales del ser que sólo como guía llamaremos partes del “alma”: el ka, el ba y el akh. El ka aseguraba al hombre la perdurabilidad de su vida eterna, se le parecía como un hermano y era indestructible. El ka se unía al cuerpo en el momento del nacimiento de una persona. El ka también podía alimentar al difunto, llevándole las ofrendas. El ba, en cambio, estaba relacionado con el corazón humano y abandonaba el cuerpo en elmomento de la muerte. Se le representaba como un pájaro con cabeza humana. Podía adquirir cualquier forma y viajar de un lado a otro, pero siempre volvía a su lugar asignado, la tumba. Pero la condición para ella era que el cuerpo se conservara intacto, pues un cadaver destruido hubiera condenado al ba al destierro eterno, y con ello la personalidad del individuo desaparecería para siempre. El tercer ser espiritual del hombre era el akh, una especie de “alma eterna”.

Pero el difunto, si quería vivir en el más allá junto a sus seres queridos y antepasados, debía superar primero el dictamen del tribunal de Osiris, dios de los muertos. Para saber si había sido bueno durante su vida, sobre una balanza se colaba en un platillo su corazón y en otro la pluma de Maat, diosa de la justicia. Si los platos se equilibraban era señal de la bondad del difunto, pero si el corazón del difunto quedaba desequilibrado entonces éste no merecía ser acogido en el reino de Osiris, y el monstruo Amut lo devoraba y le negaba así la vida en el más allá. . Esta idea es recogida por la viñeta del capítulo 125 del Libro de los Muertos.

Los rituales de momificación del cuerpo daban comienzo dejando el cuerpo del difunto sobre una mesa de piedra  Los embalsamadores sacaban el cerebro por la nariz con un alambre de hierro doblado, y una vez extraido vertían resina en el interior de la cavidad craneal. Después, los embalsamadores se dedicaban a la cavidad ventral. La incisión se realizaba siempre sobre el lado izquierdo. Los órganos internos (pulmones, hígado, estómago e intestinos) se extraían y se momificaban aparte, siendo envueltas en paños de lino. Una vez hecho esto, estos órganos se depositaban en sus vasos canopos , recipientes que representaban los llamados “hijos de Horus” . El corazón era el único elemento interno que, una vez extraido para ser emsalsamado, era devuelto a su lugar original. Esto era así pues para los egipcios el corazón, y no el cerebro, era el lugar donde residía el pensamiento, sentimiento e inteligencia de la persona.

A continuación, el cuerpo era tratado con natrón. Ese tratamiento duraba entre 35 y 40 días, de modo que el tejido del cuerpo se desecaba y ya no se descomponía. Para dar al cuerpo resultante un mayor parecido con el original, se rellenaba el interior con lino o aserrín. El vendado de las momias debía durar quince días. Se tenían que preparar grandes cantidades de vendas  de lino de diversos espesores y anchos, impregnadas de resinas, pudiendo alcanzar todas ellas una longitud cercana a los 5 km . Usualmente se supone que el dios protector de las momias era Anubis, por ello durante el proceso de momificación, muchos sacerdotes utilizaban máscaras de Anubis como representantes del mismo. Anubis, protector de los cadáveres, aparece en la tumba de Senedjem cuidando la momia del difunto. 

La fortuna ha querido que buena parte de las momias de los grandes reyes del Imperio Nuevo se hayan conservado. Aunque estas fueron desprovistas de sus vendajes y sus amuletos robados, al menos el cuerpo se encuentra relativamente bien conservado, de modo que podemos mirar cara a cara a reyes de nombre como Ramsés II. 

Entre las vendas se colaban una gran cantidad de amuletos. Uno de los más importantes era el llamado “escarabeo del corazón”, un amuleto en forma de escarabajo que se colocaba sobre el pecho, a la altura del corazón. Dicho amuleto simbolizaba la regeneración y transformación del cuerpo a la nueva vida. 

Los amuletos no se veían, pues estaban cubiertos por las vendas. En ocasiones, además, sobre el lienzo exterior de lino se disponía una red muy elaborada compuestas por cuentas de loza o fayenza. La cabeza de la momia se solía cubrir con una máscara funeraria. Sin duda, la más famosa es la máscara funeraria de Tutankhamón . Sin embargo, tanto nobles  como gentes más sencillas disponían de máscaras más económicas.

La momia se introducía luego en uno o varios ataúdes. Durante el Imperio Nuevo la costumbre era introducir la momia en el más interior de tres ataúdes, dispuestos uno dentro de otro a modo de muñeca rusa . Durante el Imperio Antiguo y Medio estos ataúdes tenían forma de caja, pero después adoptaron forma antropomorfa, forma de momia. Las momias y ataúdes de los reyes, además, se introducían dentro de un sarcófago de piedra que a su vez se introducía dentro de una serie de sepulcros, como muy bien pudo comprobarse en la tumba de Tutankhamón. El entierro del difunto se realizaba a los 70 días de su muerte. La momificación también se aplicaba a animales, no sólo por que se creyera que fueran manifestaciones de algunos dioses sino también por ser sus mascotas. 

El traslado del cuerpo del difunto, en su ataúd, hacia la tumba, debía ser impresionante. Un cortejo, más o menos amplio según la importancia del difunto, se trasladaba hacia la tumba. Habían plañideras, sacerdotes, familiares, y carros tirados por bueyes para trasladar el ataúd u otras partes del ajuar. En algunos papiros ha quedado bien representada esta escena.  De igual modo, dicha escena fue representada en las paredes de muchas tumbas, donde se puede ver qué tipo de objetos constituían el ajuar , y los llantos de las plañideras . Al final de este tipo de escenas, cuando se escenifica la llegada del cortejo a la tumba, una imagen habitual es la del llamado ritual de la apertura de la boca. Este rito consistía en otorgar el aliento de vida a la momia del difunto. Para ello la momia se ponía en vertical, mientras unos sacerdotes leían fórmulas mágicas y acercaban instrumentos especiales a la boca y nariz de la momia. 

Los papiros funerarios, por otro lado, serían también una pieza importante dentro del ajuar del difunto, especialmente, desde el Imperio Nuevo, los que contenían una recopilación de capítulos y viñetas del Libro de los Muertos. 

El ataúd del difunto, especialmente en fiestas, podía dejarse dentro de un armario de madera al que se le abrían las puertas para que, durante el banquete o celebración, los comensales y familiares pudieran ver el ataúd del difunto, haciéndole partícipe de la festividad. También era costumbre que se realizasen estelas funerarias  dedicadas al difunto y a Osiris, dios de los muertos, y que eran enviadas a la ciudad de Abidos, conocida como centro de peregrinaje de gran importancia para los egipcios, ya que era la ciudad más importante para el culto de Osiris. Por ello, los egipcios más pudientes realizaban viajes a Abidos para honrar a sus muertos mediante estelas funerarias o incluso construían cenotafios.

Algunas estelas funerarias contienen peticiones dirigidas a los vivos, como la de Amenemhat.  En ésta el difunto aparece sentado junto a su esposa en un banco ante una mesa de ofrendas. En el texto describe su vida ejemplar: “yo fui como un padre para los huérfanos, como un esposa para la viuda, un abrigo para el que tiritaba, di pan al hambriento, vestido al desnudo, ayudé a un hombre ante su superior sin que él se enterara”. Y a continuación pide lo siguiente: “¡Oh vosotros los vivos que pasáis ante este estela!, habréis de decir: mil piezas de pan y cerveza sobre el altar a favor del honorable superior de ganado menor Amenemhat y para su esposa”.

Los muertos disponían de un ajuar numeroso en el que habían muebles, joyas, vestidos, cosméticos, bebidas, aceites y perfumes, juegos, papiros, etc.   Cosas que podrían utilizar en la otra vida. Pero, además, se enterraban con un gran número de figuritas, los ushebtis, que simbolizaban a sirvientes que debían trabajar por ellos en el más allá. 

En ocasiones los vivos se comunicaban mediante cartas a los muertos. Podemos citar el ejemplo de una de ellas . Consiste en una carta escrita sobre una tinaja de barro de 23 cm de altura. En esta carta un hombre le ruega a su difunto padre que cumpla que cumpla la promesa que le hiciera en vida y que le ayude: debe ahuyentar a dos perversas sirvientas de la esposa del remitente y ayudarle a él y a su hermana a que tnga un hijo varón sano.

En los primeros siglos de la cristiandad, por la influencia de la pintura de retratos romana, surgió en Egipto la costumbre de dotar a las momias con imágenes más o menos naturalistas del difunto. En el Egipto medio se utilizaron máscaras de yeso o estuco , pero en la región del lago Fayum se realizaron retratos sobre tablas de madera que se insertaban en la momia a la altura de la cara, de modo que las convertía en momias con retrato. Aunque en la actualidad se conocen más de 700 retratos sobre tablillas, son muy pocas las momias que los conservan in situ.  Las vendas de las momias del Fayum tienen además un complejo diseño en celdillas en sus vendajes. Los retratados debieron posar en vida para colgar luego sus retratos en casa. Si todas las momias que tenían retratos se hubieran conservado intactas la mayoría de dichas imágenes podría datarse con exactitud, ya que los cuerpos estaban en muchos casos dotados con etiquetas de madera que llevaban inscritos los nombres y cargos de los difuntos. Un grupo numerosos de etiquetas de este tipo fue hallado en Panópolis. 

En el Egipto cristianizado siguió siendo costumbre no enterrar a los muertos inmediatamente después de su muerte, sino que estos se consevaban por algún tiempo en las viviendas. Cuando el emperador Teodosio impidió esta costumbre mediante un decreto en el año 392 d.C. todos los habitantes del Fayum tuvieron que sacar a los muertos de sus casas y enterrarlos en grande tumbas colectivas, como las de Hawara.

El predominio del cristianismo condujo finalmente a la extinción de las costumbres funerarias de los tiempos faraónicos con toda la riqueza de sus ajuares y ofrendas, produciéndose así, como mínimo en este sector, un empobrecimiento cultural

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