martes, 20 de diciembre de 2011

Al hablar de Egipto, lo primero que viene a nuestra mente son las imágenes de la imponente Esfinge o las majestuosas pirámides de Giza. Pero estos extraordinarios monumentos representan sólo una de las numerosas facetas de una cultura, la africana, que con el paso de los siglos se ha manifestado de múltiples maneras en ese territorio inmenso.
De hecho, mientras en el valle del Nilo comenzaba a germinar la cultura egipcia, al otro lado del río florecía una civilización que, aunque distinta en ciertos aspectos, tenía también un extraordinario nivel social y artístico. Nos referimos a la antiquísima cultura nubia que creció en el Sudán actual, desde el quinto milenio a. C. y floreció a partir del siglo IX a. C., en una zona llamada «la tierra de los faraones negros».

A medio camino entre Egipto y el África negra, desde su prehistoria Nubia supuso para sus vecinos una fuente de estímulos de toda índole: intercambios comerciales, conquistas militares, contaminaciones culturales…Y, si bien en principio los arqueólogos consideraron la cultura nubia subsidiaria de la egipcia, a medida que avanzan las investigaciones se va descubriendo la forma en que esta comunidad influyó en el mundo egipcio y cuánto tomó prestado de éste. Para adentrarnos hasta lo más recónditos de esta fascinante civilización, algo arduo por el momento ya que su escritura –la meroítica– sigue sin ser descifrada, y la arqueología sólo nos ha desvelado alguno de sus secretos, nos hemos rodeado de un equipo de expertos que han accedido amablemente a despejar nuestras incógnitas.

En busca del tesoro
La cultura nubia dormía aletargada entre las arenas del desierto hasta que, en 1820, el explorador italiano Giovanni Battista Belzoni, a quién se debe también el descubrimiento del templo de Abu Simbel, nos diera las primeras noticias de su existencia. «Aunque su labor fue sólo una sencilla exploración, no una auténtica excavación arqueológica», puntualiza el doctor Bruce Williams, miembro de la misión en Nubia del Instituto Oriental de Chicago. No obstante, su hallazgo abrió el camino a otros muchos exploradores y, «desde esa fecha –prosigue Williams– muchos viajeros rastrearon la región y dejaron registradas sus observaciones en esmerados dibujos». El más célebre de ellos fue el médico italiano Giuseppe Ferlini, quien halló en el interior de una de las pirámides de Meroe el tesoro de la reina Amanishakheto, hoy en el Museo de Berlín. «Lamentablemente su labor causó gran daño en el enclave pues, más que excavar, demolió sistemáticamente gran parte de los monumentos en búsqueda de riquezas, aunque no se halló nada más», concluye Williams.

En realidad, los primeros sondeos arqueológicos serios, según nos explicó Giorgio Ferrero, egiptólogo y experto en la cultura nubia, «estuvieron a cargo de Karl Richard Lepsius quien, financiado por el rey de Prusia y enviado por el Museo de Berlín, viajó a la zona nubia y realizó el descubrimiento sistemático de muchos lugares arqueológicos entre los años 1842 y 1845». Pero la primera prospección oficial, realizada por el gobierno egipcio tuvo lugar mucho más tarde. Fue entre 1907 y 1911 cuando el director del Servicio de antigüedades egipcias, Gaston Maspero, encargó al egiptólogo inglés Arthur Weigall, el estadounidense George Reisner y el británico Cecil Firth iniciar las excavaciones. «La campaña se hizo urgentemente necesaria, pues la construcción de la presa de Asuán amenazaba con anegar la zona. Se concentró en la zona de la Baja Nubia y permitió a los estudiosos formular una primera cronología relacionada con las culturas arqueológicas de Nubia», explica Ferrero.

¿Quiénes eran los nubios?
Los primeros hallazgos arqueológicos no hicieron sino disparar los interrogantes acerca de esta civilización. ¿Quiénes eran? ¿Y de dónde procedían? Hasta el día de hoy la mayoría de las pistas proceden de fuentes egipcias y se basan, tal y como Giorgio Ferrero nos cuenta, «en los diferentes nombres que se les daba en la antigüedad». Sabemos, por ejemplo, que los textos clásicos se referían a Nubia frecuentemente como la «tierra del arco», debido seguramente a que sus habitantes eran muy hábiles como arqueros y como tales fueron reclutados con frecuencia por el ejército egipcio. Igualmente difundido era el topónimo ta-nehsjw, «tierra de los meridionales», expresión que suele relacionarse con una raíz semítica que significa «rostro quemado», y que los egipcios utilizaban para destacar el color oscuro de la piel de los nubios. A partir del Imperio Medio los textos egipcios comenzaron a señalar a Nubia con el término Kush, probablemente por que los propios soberanos nubios denominaban con este vocablo de raíces desconocidas su demarcación geográfica y, de hecho, los reinos de Napata y Meroe fueron conocidos históricamente también como «reinos kushiti», cusitas en español.

En cuanto al término «nubia», su origen no está claro. Se dice comúnmente que tiene relación con la palabra egipcia nwb, que significa oro, una asociación evidente para algunos dado que en el territorio nubio se hallaban las minas auríferas más importantes de la región, explotadas por los egipcios desde tiempos remotos. Ahora bien, el profesor de egiptología Claude Rilly, secretario del Grupo de estudios meroíticos de París y miembro de la Sociedad Internacional de estudios nubios, disiente de esta explicación: «la relación entre el nombre de Nubia y la palabra egipcia nwb o noub en copto, se propuso hace ya tiempo. Y es cierto que la mayor parte del oro utilizado en Egipto provenía de las minas de la Baja Nubia, en especial las de Wadi Allaqi y de Wadi Gabgaba. No obstante, esta etimología está cuestionada en la actualidad. De hecho, existen dos hipótesis: una que relaciona la palabra con el nombre de la ciudad de Pnoubs, uno de los grandes centros religiosos de Nubia (la actual Kerma), que suele aparecer con la grafía Nups, sobre todo en los textos latinos; y una segunda teoría, según la cual el término proviene del pueblo llamado nuba o noba, para señalar a la gente de Meroe».

La población de los noba aparece citada por primera vez en las fuentes clásicas en torno al siglo III a.C. «Era un pueblo nómada, de origen desconocido, que se estableció en la zona de Sudán próxima a Jartum, en la ribera izquierda del río, en el área de confluencia del Nilo Azul y el Nilo Blanco», nos explica Ferrero. Y, según Rilly, «fueron los antepasados directos, por lo menos en el plano lingüístico, de los nubios actuales. A finales del reino de Meroe se apropiaron progresivamente de amplias porciones del valle del Nilo para acabar topándose con la potencia creciente de reino de Axum, en Etiopía, cuyo rey Ezana los atacó y venció en el año 350 a. C.».

¿De dónde procedían?

De todo lo expuesto se deduce que en suelo africano convivieron, pacíficamente o no según las épocas, culturas que con frecuencia enlazaron sus propios destinos. Pero ¿cuál fue el trato entre nubios y egipcios? Según Giorgio Ferrero, «la relación entre ambas naciones era antigua y duradera, y como la historia de los dos países, alternó periodos de paz e intenso intercambio cultural con periodos de ruptura y belicosidad». Es más, en opinión de este experto, hoy se encuentra superada la antigua visión egiptocéntrica que veía en Nubia un territorio exclusivamente sujeto a la influencia y expansión del estado faraónico, algo así como un virreinato. Es cierto que, en las últimas fases del Imperio Antiguo egipcio (2400 a.C.), surgió en la Baja Nubia una nueva entidad cultural denominada por los arqueólogos con el nombre de «Grupo C». Y que algunos textos jeroglíficos de la VI dinastía hablan de expediciones militares y comerciales contra dicha entidad. Según los manuscritos la región fue ocupada y la población del «Grupo C» sometida por los faraones del Imperio Medio, que construyeron un sistema defensivo de fuertes en la zona de la segunda catarata. Pero todo ello no quiere decir que entre Egipto y Nubia existieran relaciones en un sentido único o exclusivamente de fuerza. «De hecho se dieron entre ellos numerosos y provechosos intercambios culturales. Los nubios asimilaron conceptos, usos y tradiciones egipcias, y algunos llegaron a ejercer importantes cargos en la sociedad faraónica, como es el caso del joven nubio Maiherperi, que llegó a ser sepultado en una tumba del Valle de los Reyes (KV 36), algo sin precedentes para un ciudadano extranjero», asegura Ferrero.

De todos modos, el «Grupo C» tan sólo fue una de las diversas poblaciones nubias culturalmente desarrolladas, descubiertas por el arqueólogo Reisner, que trabajó en la primera catarata entre 1907 y 1908. Tal y como explica Maria Carmela Gatto, especializada en prehistoria de Nubia y en la actualidad conservadora en el departamento del Antiguo Egipto y Sudán del Museo Británico, «fue también Reisner quien dividió en grupos a estas culturas cercanas al Nilo. Y quien, para diferenciarlas, asoció a todas aquellas que pueden considerarse históricas, es decir ya desarrolladas culturalmente, con una letra del alfabeto. Mientras que para las prehistóricas adoptó la clasificación del periodo egipcio predinástico. Por ejemplo, en el esquema de Reisner, la denominación ‘Grupo A’ se emplea para definir las últimas fases nubias, consideradas contemporáneas del final de la fase Naqada III y de las dos primeras dinastías faraónicas (3100-2800 a.C.)». Precisamente este llamado «Grupo A» puede considerarse como la primera cultura arqueológica de la Baja Nubia conocida en época histórica. Y los restos que le son atribuidos se hallan diseminados en el área que va desde Asuán hasta la segunda catarata del Nilo, y constituyen algunas de las necrópolis cusitas más antiguas. «Desde el punto de vista étnico –continúa Rilly– ignoramos el origen y la lengua de la gente del ‘Grupo A’, si bien suponemos que podrían haber sido población bereber, antepasados de los nuba, o incluso de pueblos kushiti, vecinos de los beja. Pero aún no se ha llegado a una conclusión».

¿A qué dioses adoraban?

El intercambio cultural entre Egipto y Nubia es evidente al estudiar el panteón religioso cusita, según nos ha señalado Claude Rilly: «las divinidades nubias eran de dos órdenes. Por una parte el panteón egipcio clásico, importado durante la colonización, con dioses como Amón, Horus, Thot, Isis y Osiris; por otra el panteón indígena que, sin duda, resistió durante mucho tiempo a la colonización egipcia, si bien como estos dioses no tuvieron un culto oficial hasta el periodo de Meroe, no ocupan un lugar predominante en las investigaciones arqueológicas». De esa época datan el dios león Apedemak y su esposa Amesemi, personificada por una cabeza con tres caras y las mejillas escarificadas a la típica manera africana; también el dios Sebioumeker, representado como un faraón luciendo la doble corona; y el dios del sol Mash, citado en los textos meroíticos.

Por otra parte, «a pesar de las diferencias evidentes existe un cierto sincretismo entre los panteones egipcio y nubio. De hecho, conocemos un Amón egipcio llamado Amani en meroítico, tomado sin duda de un antiguo dios-aries de Kerma, representado con una cabeza de carnero y adorado a los pies del Jebel Barkal», añade Rilly. Y, por otro lado, según explica Ferrero, «la divinidad nubia más antigua, citada ya en los textos de la pirámides del Imperio Antiguo, es el dios Dedun,el egipcio Khnum. Su centro de culto debía hallarse en la zona de la segunda catarata del Nilo y estaba asociado al uso de incienso y al Sur. Y por último Mandulis, dios halcón ligado a la juventud y venerado sobre todo en la localidad de Kalabsha».

Claro que este cúmulo de divinidades llegaron en la época histórica y distan mucho del orden religioso de las sociedades nubias prehistóricas, tal y como ha expuesto Isabella Caneva, profesora de Prehistoria del Cercano Oriente, de la Facultad de Bienes Culturales de Lecce y directora de la misión para Investigaciones Prehistóricas en Egipto y Sudán: «El mundo prehistórico en general y también el sudanés en particular, en comparación a las sociedades de interés etnográfico en la actualidad, no tenía dioses. Una sociedad que no está ella misma estructurada de forma jerárquica no puede concebir divinidades organizadas en un panteón. Para los hombres prehistóricos el mundo estaba animado por espíritus, todo estaba divinizado, tanto una piedra como una planta. Solemos pensar que en un determinado momento se inventaron la religión, los dioses y se produjo una evolución. Pero no es así, y en todo caso más que de evolución habría que hablar de limitación. Las poblaciones más simples creen que todo está divinizado y animado por espíritus y seres sobrenaturales, así es que la creación de un panteón de dioses es en realidad una fuerte limitación de la divinización del mundo».

El arte funerario prehistórico egipcio y nubio ostenta, por otra parte, diferencias que permanecieron impermeables a cualquier otro intercambio. La profesora Caneva llama la atención sobre el hecho de que «cuando las sepulturas de un pueblo se hallan dentro de las casas y están ligadas al habitante de ese vivienda, están legitimando el derecho del propietario a permanecer sobre un terreno en el que con anterioridad ya habían residido sus abuelos y antepasados. En este caso las tumbas no tienen jamás enseres domésticos, porque es como si los muertos continuasen formando parte del mundo de los vivos; esto es lo que ocurre en el neolítico, en la parte septentrional de Egipto, donde no se han hallado las casas o las chozas, pero sí las sepulturas sin enseres».

Por el contrario, las tumbas que se remontan al neolítico, en Sudán, están reunidas en necrópolis separadas de la zona habitada. Y sí contienen enseres, lo cual quiere decir que los difuntos se encuentran apartados de los vivos, y los muertos poseen un más allá independiente. En este caso el cuerpo era depositado con una orientación determinada, variable para las tumbas más antiguas y después codificado en época más reciente. Por ejemplo en las necrópolis badarianas era colocado siempre sobre el lado izquierdo. No obstante, lo más importante no es establecer qué orientación tenga el cuerpo, sino su posición en el medio familiar. «Cuando las tumbas se encuentran dentro de la casa, no hay orientación y enseres; mientras que, cuando se reagrupan en las necrópolis, siguen la orientación del mundo, tienen una posición que se uniformiza con los puntos cardinales o con el curso del río y contienen los utensilios del difunto. Todo esto sucede en torno al 4000-3500 a.C», matiza Caneva.

Diferentes rituales funerarios

El apogeo funerario nubio llega al uniformarse la orientación del cuerpo inhumado y aparecer los primeros túmulos, «algo que ocurre por primera vez con la tumbas del ‘Grupo A’ y acaba por convertirse en características de las sepulturas del ‘Grupo C’, en cuyas necrópolis ya no se excavan simples fosas, sino que se construyen con ladrillos cámaras funerarias de planta regular a las que a veces se añade una pequeña capilla rectangular en el lado oriental», explica Ferrero. El «Grupo C» continuó con la costumbre ya establecida de acompañar al difunto con sacrificios animales, pero introdujo la novedad de que el muerto, siempre ubicado en posición contraída, ya no descansa sobre el terreno desnudo, sino sobre un lecho funerario de madera. Y, por otro lado, en la época del Imperio Medio egipcio, se cambia la orientación de los cuerpos, que pasa del eje este-oeste al de norte-sur.

Los nuevos usos funerarios del «Grupo C» encuentran plena expresión en las necrópolis del reino meridional de Kerma (1750-1550 a.C). Aquí los túmulos alcanzan dimensiones colosales y las tumbas reales presentan un complejo sistema de cámaras subterráneas. Los cuerpos son colocados en posición contraída en los lechos funerarios, pero la orientación no sufre la influencia egipcia. Finalmente, durante la ocupación faraónica del Imperio Nuevo las tumbas nubias son indistinguibles de las egipcias.

Curiosamente, algunas características típicas de las costumbres funerarias nubias resurgen y se mezclan con las egipcias en el caso de una familia real de El-Kurru, en torno al siglo IX a.C. En esta necrópolis se asiste a una importante evolución. Las sepulturas más antiguas están constituidas por túmulos circulares, con capilla en el lado oriental y un muro en forma de herradura. Con el paso de las generaciones el túmulo se transforma en una mastaba de tipo egipcio y el muro adquiere forma rectangular. La interrelación cultural y religiosa entre nubios y egipcios se manifiesta por tanto de forma continua y en las dos direcciones, aunque existe un elemento que las separa claramente. Esta diferencia se manifiesta en una práctica de tipo religioso que está presente en la cultura sudanesa y no se encuentra en la egipcia: el ritual relacionado con los sacrificios humanos.

Sacrificios humanos

En opinión de Claude Rilly, «la práctica ritual de sacrificios humanos durante los funerales de reyes o príncipes locales, fue usual más o menos hasta la época meroítica, con periodos de abandono y de retorno». El sacrificio humano estaba muy difundido en Nubia en diversos periodos, aunque, como nos ha confirmado Caneva, «fue una práctica absolutamente ausente durante la fase prehistórica. El primer testimonio data del neolítico, pero la costumbre alcanza su apogeo en el periodo clásico de Kerma, cuando 400 individuos fueron sacrificados para un rey. Tal práctica se empleó también en el periodo del reino de Kush. A medida que la influencia egipcia aumentaba este tipo de prácticas se redujeron o desaparecieron».

Podemos considerar por tanto el sacrificio humano una aspecto «peculiar» de esta civilización que nos recuerda lo desconocida que es aún para nosotros. «La existencia de misterios en Nubia está ligada a la juventud de la arqueología sudanesa, pero también a la cantidad de textos meroíticos disponibles que no se han comprendido todavía y que están sin traducir», asegura Claude Rilly. Y continua: «ignoramos los protocolos de sucesión real; de hecho parece que existiera una especie de sucesión matrilineal en los aspectos administrativos y religiosos, pero no sabemos cómo era elegido el sucesor y de qué manera».

En este sentido, según Maria Carmela Gatto, «es interesante el análisis social de las sepulturas, pues ha evidenciado que las de mujeres eran particularmente importantes en la necrópolis. Estas creencias parecen ser un reflejo de una organización en la que las mujeres tenían un puesto destacado en la comunidad. Y es posible que los ‘Grupos A’ fuesen una sociedad matrilineal. Es decir, en la cual se heredaba el trono o la propiedad por vía materna, y la mujer tenía influencia en rituales como el nacimiento, la fertilidad, la muerte o la resurrección. Todos ellos, asociados al poder de concepción femenino y a la vida agrícola, son el eje en torno al cual gira el nacimiento de la figura real divina, no sólo en Egipto, sino también en la Baja Nubia». De la misma opinión es el profesor Ferrero, para quien sería necesario añadir que «dentro de la familia real cusita las figuras femeninas tenían una posición relevante. La reina madre ejercía un papel destacado en la legitimación del poder de un soberano cusita. Lo acompañaba en las celebraciones para la asunción al trono y, según algunos estudiosos, era también una figura decisiva en la elección entre los aspirantes a la sucesión. Al culto de la diosa-madre Mut y a la figura de la reina madre estaba dedicado un santuario al pie del macizo del Jebel Barkal, en Napata».

Las pirámides de Meroe

No podemos acabar este periplo en torno a las incógnitas nubias sin hablar de las pirámides de Meroe. Lo ha dicho claramente Derek Welsby, responsable de la Sociedad de Investigación Arqueológica de Sudán: «se han descubierto una cantidad extraordinaria de pirámides, diferentes de las egipcias, menos majestuosas e imponentes, pero sin duda interesantes». Fueron los faraones nubios de la XXV dinastía quienes, al hacerse sepultar en la necrópolis dinástica de el-Kurru, inauguraron la tradición de erigir estructuras piramidales por encima de las propias cámaras funerarias. Desde los tiempos del reino de Piyé –primer faraón de la XXV dinastía–, hasta finales del reino de Meroe (siglo IV d.C.), la pirámide fue la forma reservada a las sepulturas de reyes, príncipes y reinas cusitas. Pero las pirámides nubias, aunque inspiradas en los célebres modelos egipcios del Imperio Antiguo y Medio, difieren radicalmente en dimensiones y proporciones. No obstante, parece que han tenido como modelo a imitar las pequeñas pirámides egipcias del Imperio Nuevo, construidas para algunos funcionarios de alto nivel de Nubia y del pueblo de Deir el-Medina. Las pirámides cusitas se caracterizan por presentar superficies de pequeños escalones cuyos ángulos a veces aparecen destacados con molduras decorativas. Suelen ser altas y presentan un ángulo de inclinación de entre 60 y 70 grados y alcanzan una altura de entre 20 y 30 metros. La mayor diferencia con las egipcias es que la cámara funeraria no se halla dentro del cuerpo piramidal, sino por debajo. Junto a la fachada oriental de la pirámide se encuentra una capilla funeraria rectangular, destinada a contener una mesa de ofrendas y una estela funeraria.

En resumen, y para finalizar, cabría preguntarse si la importancia de cultura nubia o la influencia que pudo tener en sus vecinos, sudaneses o egipcios, no ha quedado eclipsada por la de Egipto. En opinión de Edward David, miembro de la Sociedad de Investigaciones Arqueológicas británica, «ignoramos aún la mayor parte de la información sobre Nubia y con frecuencia se conservan las teorías del siglo XIX, según las cuales los únicos aspectos interesantes de esta civilización proceden de Egipto. Es cierto que la mayor parte de los trabajos los han hecho egiptólogos y no arqueólogos, por lo que el interés se centra con frecuencia en los hallazgos egipcios. Y muchos de ellos continúan estudiando los aspectos arqueológicos del colonialismo egipcio en Sudán, pero no la arqueología de Nubia». Un comentario que deja traslucir todo lo que queda aún por descubrir y reinterpretar en la tierra de los faraones negros.

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