martes, 24 de enero de 2012

El Faraon y la cultura

Las diversas representaciones ideológicas de los faraones tenían como objetivo legitimar su autoridad sobre los habitantes, autoridad dada en función de la mitología.
Las diversas representaciones ideológicas eran una forma de justificar la relación asimétrica presentándola bajo el aspecto de un intercambio recíproco: el faraón reclamaba impuestos y la realización de prestaciones forzosas a cambio de seguridad y prosperidad. El rey ofrecía la imprescindible mediación ante los dioses y ante las fuerzas de la naturaleza para alejar de sus súbditos las distintas amenazas y les daba la abundancia y paz necesaria para producir las rentas necesarias que agradecían la generosidad del faraón, quien presentaba ofrenda a los dioses para agradecer la abundancia y asegurar la continuidad de su ayuda en el futuro.

El faraon

El elemento articulador de la ideología faraónica era el servicio a Maat, un concepto personificado de la diosa del mismo nombre. Un concepto que hace referencia a la justicia, a la armonía cósmica, al equilibrio y a la paz y el orden. La tarea prioritaria del faraón era preservar el orden, garantizar la prosperidad y combatir el caos. El faraón poseía el respaldo de los dioses, esencial para el éxito, y como contrapartida ofrecía ofrendas, templos y demás.

Faraón, ¿rey o dios?

El faraón ocupa una posición ambigua. Mantiene relaciones estrechas y privilegiadas con los dioses pero sin ser plenamente uno de ellos. Por ejemplo, en varias representaciones se puede ver al faraón siendo amamantado por dioses o ser sometido a un complejo ritual para convertirse en dios. Entonces, ¿era un dios o un rey? Quizás sólo puede ser considerado un dios en la medida que no haya otro ser capaz de mediar entre ellos y los humanos. Sin dudas posee un carácter divino y, si bien tiene una posición ambigua, puede ser considerado la personificación del dios en la Tierra. El carácter divino del rey, se expresaba a partir de sus títulos de Horus, Horus de Oro e Hijo de Ra, en tanto que la naturaleza de su poder estuvo en concordancia con la concepción dual del reino como totalidad y se expresó a través de una serie de títulos dobles: Dos Señoras, Dos Señores, Rey del Alto y Bajo Egipto.

La realeza egipcia

Dentro de la cultura egipcia la realeza faraónica fue concebida como uno de los elementos esenciales y necesarios en la integración del orden universal. El faraon tenía como función principal el mantenimiento de Maat y actuaba como un verdadero órgano de integración cuya naturaleza especial le permitía cumplir, dentro de la sociedad humana, el rol de armonización entre lo divino y lo terrenal. El monarca era un ser sobrenatural, encarnación de una divinidad suprema y su poder alcanzaba la totalidad del país.
Los reyes en vida pertenecían a la categoría más alta y restringida de la jerarquía social. El ka del faraón formaba parte de la esencia divina compartida por los dioses y los antepasados reales, marcando una gran diferencia con el resto de la población. Todos tenían su propio ka, pero únicamente el ka del faraón era divino. El ka real existía a la par de la vida del monarca, que era su manifestación terrena y confería a este su legitimidad. La fusión del faraón con el dios y toda la representación escénica que se llevaba a cabo tenía como consecuencia fijar límites entre la política y el mito: la línea de sucesión real podía fallar por completo, incluso alguien podía tramar asesinar al faraón y suplantarle por otro, pero tras la realidad visible había un edificio con una enorme solidez, de mitos, fiestas y marcos arquitectónicos que podía absorber y suavizar las irregularidades. Podía transformar a los usurpadores en modelos de legitimidad y tradición.
Un imperio implica una forma de gobierno en la cual se reconoce una autoridad en la que está legitimado el uso de la fuerza. Justamente en esa legalidad reside el fundamento de la estabilidad y permanencia del gobierno.
En el caso de la monarquía egipcia, alcanzando el poder a través de la unificación del país por medio de la fuerza, la legitimidad de su establecimiento se logró de acuerdo a una doctrina que se adecuaba a la mentalidad egipcia antigua: una concepción dual del universo manifestada en la interacción de los opuestos que mutuamente se equilibraban.

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