miércoles, 11 de enero de 2012

Misterios

Descubiertos los secretos de una civilización ignorada

La propia terminología empleada para designar esta cultura es complicada. Los antiguos egipcios los denominaban "Kushitas", haciendo referencia al reino de Kush. Los griegos se referían a ellos como "etíopes", que significa "caras quemadas". Finalmente, a estas poblaciones se les sumarían el torno al siglo III d. de C. grupos centroafricanos, denominados "nubos", término del que proviene "nubio". En cuanto a la referencia de Meroe, al ser ésta su capital más importante, muchos utilizan el término de cultura "meroítica".
Los kushitas
Hace más de 3.000 años, a lo largo del Nilo floreció una cultura paralela a la egipcia. Hoy solamente queda de ella un puñado de pequeñas tumbas-pirámides, que han sido reconstruidas gracias a la informática.
La dinastía XXV de Egipto, o Kushita es originaria de la ciudad-estado de Napata (Kush). Desde allí el primer rey de esta dinastía, Alara, invadió y conquistó toda Nubia superior. El templo de Amón de Dyebel Barkal se convirtió en el centro religioso alrededor del cual se constituyó una aristocracia local cuyos jefes se hacían enterrar en la necrópolis vecina de El Kurru, y terminaron por constituirse en dinastía; el primer soberano del que se conoce el nombre es Alara, pero parece que sería en realidad el séptimo de la dinastía. Al final de su reinado, desde Meroe hasta la tercera catarata del Nilo estaban bajo poder de su sucesor, Kashta.
En un lugar del Asudán
Esta vieja civilización, descubierta en el 1.821, se instaló en el desierto nubio, hoy Sudán. Habitaron la franja comprendida entre la segunda y la sexta cataratas del río Nilo. En su capital, Napata, llegó a haber 84 pirámides.
Los kushitas veían en la forma del Gebel Barkal, “la montaña pura”, la prueba de que estaban predestinados a convertirse en faraones egipcios, porque el perfil del pico aislado recuerda al de la cobra sagrada que servia de tocado al dios Amón.
Desarrollaron su civilización alrededor de esta montaña, que para ellos albergaba en su seno al mayor dios de la civilización egipcia. la cubrieron de oro y escribieron en ellas los nombres de sus faraones.
El inmenso templo destinado al dios Amón, construido por los egipcios, estaba situado al pie de la montaña.
Seis carneros de piedra -que aún existen, aunque están muy deteriorados- flanqueaban el paseo de honor, hoy desaparecido, que conducía al templo.
Gracias a los arqueólogos y a la informática se ha podido recomponer el paisaje de una necrópolis de hace 2.000 años.
Viaje al pasado
Arqueólogos españoles, en busca de la cultura meorita Desde hace años, los especialistas de la Fundación Arqueológica Clos, que patrocina el hostelero catalán Jordi Clos, realizan excavaciones en el emplazamiento de las pirámides de Gebel Barkal. La experta Francesca Berenguer y su equipo han descubierto aquí varias tumbas reales, como la del reu Semesu Uhemu, y el año pasado penetraron en la tumba de una reina y hallaron sus huesos.
Con una fotografía actual y las indicaciones de los arqueólogos españoles de la Fundación Clos, se ha logrado reconstruir una tumba-pirámide, a excepción de sus colores. Se sabe que en Meroe, la última capital del reino de Kush, donde se alza otra necrópolis, algunas pirámides estaban decoradas con un enlucido de cal de colores vivos, pero sobre éstas de Gebel Barkal no existen informaciones precisas.
Faraones negros
El nombre de faraones negros suena a leyenda. se les llama así porque sus reyes eran africanos y su piel muy oscura. Su civilización, nacida hace más de tres mil años, es objeto de muchas investigaciones, pero para conocerla deben visitarse diferentes emplazamientos a lo largo del Nilo, como los santuarios de Kurru, Nuri y Gebel Barkal y los vestigios de su última capital, Meroe.
Aquí pueden admirarse la huellas de un mundo singular, contemporáneo al de los faraones egipcios. Sus semejanzas y particularidades -pirámides más pequeñas; tumbas subterráneas, abovedadas y con jeroglíficos, y culto al dios Amón y al dios-león Apedemek, específico de los kushitas- revelan una larga historia de fascinación y de enfrentamientos entre ambos reinos.
Los faraones negros reunificaron a un Egipto desgarrado, colmaron su paisaje de gloriosos monumentos, construyeron un extendido imperio desde la frontera sur hasta lo que hoy es Jartum, en la ruta septentrional hacia el Mediterráneo.
Todo comenzó en el neolítico. En Nubia, al norte del Sudán, se han descubierto vestigios en los alrededores de la segunda catarata. Había unos grupos que vivían según una economía basada en la pesca y en la caza. Más tarde, entre los años 3.000 y 2.500 a. de C., aparecieron distintas poblaciones. Una fabricaba vasijas de barro, cazaba con arco y poseía tumbas características; más al sur, se dedicaba a criar ganado. Los egipcios enviaron expediciones para destruirlas. Sin embargo, más arriba de la tercera catarata nació una verdadera civilización: el reino Kush.
Los faraones construyeron suntuosos monumentos que mostraban su dominio; entre ellos, un magnífico templo al pie del Gebel Barkal, una montaña roja, llamada “la montaña pura” y venerada por los kushitas. En torno a ese lugar, un importante centro religioso dedicado al dios Amón, se construyó la ciudad de Napata.
Los kushitas tenían su capital en Kerma e intentaron aliarse con los hicsos, los inventores del carro de guerra, para luchar contra los egipcios, pero fracasaron. El faraón Thutmosis I recuperó el sur e incendió Kerma en el año 1.530 a. de C. Pero los egipcios no se conformaron con destruirla e invadieron el territorio de Kush. Nubia se convirtió en una colonia egipcia, se nombró un virrey y Egipto creó allí un segundo estado, donde se reprodujeron su cultura y sus tradiciones.
Pasaron siglos y en Egipto se sucedieron las luchas por el poder. Aprovechando la rivalidad de los últimos ramésidas entre los años 1.080 y 1.070 a. de C., los kushitas recuperaron su independencia, se constituyeron en un reino y fijaron su capital en Napata. Sus reyes se hicieron tan poderosos que subieron hacia el norte e invadieron Egipto.
Y así, siguiendo este proceso, en el año 739 a. de C., la situación cambió y los colonizados se convirtieron en colonizadores. Comenzó la XXV dinastía, con sus soberanos Peye, Shabaka y otros sucesores hasta Taharka. Kush se convirtió en la primera potencia mundial.
Los faraones negros reinaban en su imperio, que se extendía desde el Mediterráneo hasta la cuarta catarata. Vivían en Egipto, pero no olvidaban su capital de origen, Napata. Así, Peye y Taharka ordenaron levantar allí nuevas construcciones y reformaron el gran templo de Amón.
Además, los faraones negros restablecieron una tradición que los egipcios habían abandonado, y construyeron nuevas pirámides, aunque más pequeñas y muy apuntadas. En la cara este de cada una, edificaron una capilla y cubrieron los muros interiores de éstas con inscripciones en jeroglíficos egipcios. Los vestigios de esas tumbas-pirámides aún pueden admirarse a lo largo del Nilo, entre la segunda y la sexta cataratas.
Pero los imperios no son eternos. En el siglo VI a. de C., los faraones que reinaban en Egipto no resistieron la invasión asiria. Taharka y su sucesor Tanutamón debieron abandonar el país y los egipcios invadieron Kush y saquearon Napata en el año 591 a. de C.
Esto sin embargo, no representó el fin del reino kushita: Aspelta instaló una nueva capital, Meroe, más al sur y fuera del alcance del brazo vengador de Egipto. Allí, gracias a las lluvias, los kushitas hallaron importantes recursos para la ganadería y la agricultura. La ciudad se convirtió en la encrucijada del comercio entre el mar rojo, Eritrea, el alto Nilo y Chad.
Los tiempos de Egipto y de su influencia quedaron lejos. En los frescos de los templos, los dioses africanos se hicieron omnipresentes, sobre todo Apedemek, el terrible dios-león. Los jeroglíficos ganaron en violencia y barbarie y el estilo de las siluetas se apartaba del hieratismo egipcio. Y así aparecieron mujeres fuertes y violentas golpeando a sus enemigos o arrastrándolos por los cabellos. Se trataba de una gran evolución entre los soberanos meroítas: las reinas-madres, las famosas Candances , habían tomado el poder y desempeñaban un importante papel en las decisiones del reino.
Por otro lado, los soberanos heredaban el poder no por línea paterna, sino en función de su edad. En estas sucesiones las controlaban los notables y requerían la aprobación, a través de un oráculo, del dios Amón, en Napata.
En el siglo III de nuestra era son invadidos por los nubios. Hay poca información sobre los últimos siglos de Meroe, pero todo indica que se produjo un creciente aislamiento del reino. Los meroítas se convirtieron en presa de sus vecinos: axumitas al sur, nómadas blemmyes al este y nubios al oeste. Finalmente fueron derrotados por los nubios alrededor del siglo III de nuestra era.
Años más tarde, el territorio fue invadido por los axumitas. Las excavaciones en Meroe han revelado que un templo fue saqueado y destruido por un incendio mucho antes de esta invasión y convertido en viviendas. En esa época, las inscripciones meroitas ya habían cesado. Aquella civilización se había convertido en letra muerta.
A lo largo del milenio siguiente iba a nacer y extenderse la civilización cristriana antes de que este lugar se convirtiera, en el siglo XIV, en uno de los más importantes focos del islam.
En la tumba de Semesu Uhemu se han hallado jeroglíficos de dioses con cabeza de halcón que simbolizan los planetas, lo que prueba que era una cámara real, pues solo esos dioses acompañaban al rey al más allá. La técnica ha aumentado cada parcela y ha revelado trazos jeroglíficos no visibles. Un infografista ha redibujado los jeroglíficos originales.
Apartándose de las normas egipcias, los meroítas inventaron su propio alfabeto, que se compone de 23 signos y de un separador -dos puntos superpuestos o tres- que divide palabras. Puede escribirse con escritura cursiva, inspirada en la egipcia, o con jeroglíficos, también inspirados en ella, aunque con diferencias.
En los jeroglíficos, se deben considerar los dibujos del primer plano, que remiten progresivamente a los siguientes en una dirección cada vez más distante. En los meroítas, se parte de los signos del fondo para volver al primer plano. Así que, en relación al lenguaje egipcio, se leen al revés y no tienen el mismo significado, hasta el punto de que nadie, de momento, ha podido descifrarlos.
Para descifrar esta alfabeto se necesitaría un texto escrito, a la vez, en jeroglíficos y meroítas que, por comparación, hiciera las veces de diccionario.

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